(Un texto que me enamoró hace 11 años en el instituto y que sigue teniendo un lugar provilegiadísimo en mi corazón. Gracias Angel.)
- ¿Quiere alguien mirar un poco hacia abajo, al misterio de cómo se fabrican ideales en la tierra? ¿Quién tiene valor para ello?… ¡bien! He aquí la mirada abierta a ese oscuro taller. Espere usted un momento, señor Indiscreción y Temeridad: su ojo tiene que habituarse antes a esa falsa luz cambiante… ¡Así! ¡Basta! ¡Hable usted ahora! ¿Qué ocurre allá abajo? Diga usted lo que ve, hombre de la más peligrosa curiosidad, ahora soy yo el que escucha.
- No veo nada, pero oigo tanto mejor. Es un chismorreo y un cuchicheo cauto, pérfido, quedo, procedente de todas las esquinas y rincones. Me parece que esa gente miente; una dulzona suavidad se pega a cada sonido. La debilidad debe ser mentirosamente transformada en “mérito”, no hay duda, es como usted lo decía.
- Siga!
- … y la impotencia, que no toma desquite, en “bondad”; la temerosa bajeza, en “humildad”; la sumisión a quienes se odia, en “obediencia” (a saber, obediencia a alquien a quien dicen que ordena sumisión, Dios lo llaman). Lo inofensivo del débil, la cobardía misma, de la que tiene mucha, su estar-aguardando-a-la-puerta, su inevitable tener-que-aguardar, recibe aquí un buen nombre, el de “paciencia”, y se le llama también “la virtud”; el no-poder-vengarse se llama “no-querer-vengarse”, y tal vez incluso “perdón” (pues ellos no sabes lo que hacen, únicamente nosotros sabemos lo que ellos hacen!). También habla esa gente del “amor a los propios enemigos” - y entre tanto suda.
- Siga!
- Son miserables, no hay duda, todos esos chismorreadores y falsos monederos de las esquinas, aunque estén acurrucados calentándose unos junto a otros; pero me dicen que su miseria es una elección y una distinción de Dios, que a los perros que más se quiere se los azota; que quizás esa miseria sea también una preparación, una prueba, una ejercitación, y acaso algo más -algo que alguna vez encontrar su compensación, y ser pagado con enormes intereses en oro, ¡no!, en felicidad. A eso lo llaman “la bienaventuranza”.
- Siga!
- Ahora me dan a entender que ellos no sólo son mejores que los poderosos; que los señores de la tierra, cuyos esputos ellos tienen que lamer (”no” por temor, de ninguna manera!, sino porque Dios manda honrar toda autoridad), - que ellos no sólo son mejores, sino que también “les va mejor”, o, en todo caso, alguna vez le irá mejor. Pero ¡basta!, ¡basta! Ya no soporto más. ¡Aire viciado! ¡Aire viviado! Ese taller donde se fabrican ideales me parece que apesta a mentiras.
- ¡No! ¡Un momento todavía! Aún no nos ha dicho usted nada de la obra maestra de esos nigromantes que con todo lo negro saben construir blancura, leche e inocencia: ¿no ha observado usted cuál es su perfección suma en el refinamiento, su audacísima, finísima, ingeniosísima, mendacísima estrategema de artista? ¡Atienda! Esos animales de sótano, llenos de venganza y de odio, ¿qué hacen precisamente con su venganza y con el odio? ¿Ha oído usted alguna vez esas palabras? Si sólo se fiase usted de lo que ellos dicen, ¿barruntaría que se encuentra en medio de hombres del resentimiento?…
- Comprendo, vuelvo a abrir los oídos (¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, y cierro la nariz). Sólo ahora oigo lo que ya antes decían con tanta frecuencia: “nosotros los buenos - nosotros los justos”. A lo que ellos odian no es a su enemigo, ¡no!, ellos odian la “injusticia”, el “ateísmo”; lo que ello creen y esperan no es la esperanza de la venganza, la embriaguez de la dulce venganza (”más dulce que la miel”, la llamaba ya Homero), sino la victorioa de Dios, del Dios “justo” sobre los ateos; lo que a ellos les queda para amar en la tierra no son sus hermanos en el odio, suno sus “hermanos en el amor”, como ellos dicen, todos los buenos y justos sobre la tierra.
- ¿Y cómo llaman a aquello que les sirve de consuelo contra todos los sufrimientos de la vida, su fantasmagoría de la anticipada bientaventuranza futura?
- ¿Cómo? ¿Oigo bien? A eso lo llaman “el juicio final”, la llegada de su reino, el de “ellos”, del “reino de Dios”, pero “entre tanto” viven “en la fe”, “en el amor”, “en la esperanza”.
- ¡Basta! ¡Basta!